Este edificio se derrumba.

13 Rue del Percebe

Sacado de la memoria del corazón.

El mundo se agota, por culpa de la sobreexplotación humana, las grandes mentiras del estado de bienestar salen a la luz, las ideologías enseñan los dientes, los sueños aguantan a duras penas, así que, en este ámbito Madmaxiano (una manera de decir preapocalíptico ¿O debería decir postapocalíptico?), las pequeñas motas del universo también se desintegran en un “no-nada” de materia, como es el caso de diarioenblanco.com.

Este blog se difumina, este 13 Rue del Percebe, que tantos inquilinos silenciosos ha tenido, deja de ser dibujado, ya no está en alquiler. Cerró el colmado de Don Senén, el sastre no pudo mantener las ventas, al igual que la clínica veterinaria, el moroso del ático ya no tiene acreedores, decidieron que era mejor tirar la toalla. El ratón y el gato ya no juegan a odiarse, han decidido firmar la paz en tiempos de guerra.
El ladrón de poca monta fue atracado en una sucursal bancaria -por los de dentro- , y el vecino que vive en la alcantarilla se murió de aburrimiento al no poder hablar con la portera, a la que  hicieron un despido improcedente.

Todas estas tonterías, también quedarán olvidadas como lágrimas en la lluvia.

¡Hasta otra!

 

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En mi vida.

Altea

Hay calles por las que seguiré caminando eternamente.

 

Nostalgia, un sentimiento que algunas personas consideran como un símbolo de debilidad, como si uno no tuviese derecho a sentir tristeza o apego por tiempos y lugares remotos. Sentir nostalgia es un derecho lícito a viajar en el tiempo, con los recuerdos, y con la imaginación, pues también hay fábula en los recuerdos, que alteramos -consciente o inconscientemente- para dibujar desenlaces y nudos que quisiéramos tener, y cuya percepción se nos pudo escapar en su momento.

En mi caso creo que siento nostalgia, no tanto de los lugares como de los estados mentales vividos en cada sitio, las sensaciones de sentirte bien en un punto geográfico en un momento puntual.

En lo que respecta al lugar físico, sea casa, barrio, ciudad, país o planeta, es posible que lo incorpores de tal manera al hábito cotidiano, que no le otorgues especial interés, pero llega un día en que ya no estás ahí, y entonces magnificas el recuerdo, con la sensación volátil de felicidad que ya no conservas, con apego a una inocencia que no creías tener.

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Despojarse de lo prescindible.

Aparatejos

Mas de un año desde el último trabajo estable, en un contexto socio-económico poco esperanzador y a punto de cumplir los 40; a priori parece una formula perfecta para la infelicidad y, sin embargo, me siento mas libre de lo que he podido sentirme en alguna época de estabilidad. Bien es cierto que cuando sientes que has llegado al subsuelo, hay pocas alternativas mas allá de la de emprender el ascenso de nuevo, aunque solo sea para dar tiempo a que vuelvan a llenarse los lacrimales.

En cierto modo, pienso que la esclavitud moderna, o gran parte de ella, se basa en entretenernos, de manera que ignoremos nuestros deseos reales. Mantenemos la mente ocupada o con trabajo o con entretenimiento; con “Soma” que satisface nuestras necesidades de entretenimiento mas básicas. No hay nada malo en ello, excepto si no podemos escuchar nuestros propios pensamientos.

Si logramos evadirnos, irnos a un lugar remoto y nuestro cerebro está pensando en encontrar un lugar donde poder conectarnos y ver nuestro correo electrónico o acceder a nuestra red social, si estemos donde estemos necesitamos atender el teléfono cada vez que suena, o tenerlo siempre a la vista, para mirar su pantalla una vez cada pocos minutos, tenemos un grave problema, nos hemos convertido en esclavos de la comunicación.

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Caralibrocentrismo.

Dislike

Facebook killed the blogger star

 

Casi un mes sin escribir aquí, Noviembre tampoco fue especialmente activo, es seguro que alguna de las pocas personas que pueda seguir este blog, habrá pensado que definitivamente estaba abandonado.

En realidad así es, al menos en cierto modo; ha quedado diluido el entusiasmo inicial, algo que puede verse reflejado en el número de posts descendiente.

Uno de los principales motivos de esa, llamémosla “desilusión bloguera”, la que da título a esta entrada, es el aumento de la dependencia de Facebook en la red.

No negaré que una red social de tal tamaño pueda ser útil o divertida, pero cuando absorbe la mayoría del tiempo que pasamos conectados a internet, esa utilidad o diversión puede convertirse en dependencia y adicción.

¿Que relación tiene esa dependencia con este blog? Pues ocurre que el blog no existe si las entradas no son compartidas a través de aquella red social. Difícilmente vendrá alguien a visitar este blog y se registrará para poder hacer comentarios, algo que si que hace cuando las entradas son llevadas a Facebook.

Para eso, podría escribir directamente allí, en un entorno bastante impersonal y limitado, perdiendo todo matiz individual, creando contenido para una compañía que, posiblemente, se lucre con ello -directa o indirectamente-,  con la mas que posible cesión de derechos y, lo peor, con limitaciones al tamaño y forma de las publicaciones.

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Tatuajes y titulares.

lotr

Un tatoo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas.

 

Hace unos meses, en una de esas redes sociales en las que nos rodeamos de personas conocidas y desconocidas, hice un comentario sobre lo poco que me gustaba la moda de los tatuajes.

En el siguiente párrafo, especificaba que no es que no me gustasen los tatuajes, sino la manera en que se ha convertido algo tan duradero y simbólico en algo tan superficial para determinadas personas. Sobretodo haciendo hincapié en el hecho de que una persona extremadamente joven, decida tatuarse el cuerpo de la noche a la mañana como si cambiase de ropa.

Evidentemente, es una opinión personal, cada individuo es quien debe decidir sobre su cuerpo y evaluar si con sus decisiones puede verse beneficiado o perjudicado en la vida. En mi caso, soy tan especial con los tatuajes como con las camisetas decoradas: Me resulta muy difícil escoger uno cualquiera para toda la vida.

El problema que quiero tratar no es el de los tatuajes, es el hecho de que, en base  a una opinión, como la de arriba de este párrafo, alguien decidió entender que detesto los tatuajes y a las personas que lo llevan. ¡Hay que joderse! Precisamente no solo me gustan, además, en determinadas mujeres me resulta atractivo, extremadamente atractivo, sin embargo, desde entonces, algunas tatuadas que se dieron por aludidas, cambiaron el chip respecto a mi, se tatuaron un prejuicio infundado.

Y con este ejemplo, llego al meollo de la cuestión, algo irritante que parece ser un deporte internacional: Leemos los titulares y nos ponemos a discutir las noticias.

Basta pegar un vistazo por cualquier lugar de internet que permita  comentarios; Hemos desterrado definitivamente el debate, en su lugar hemos implantado la sucesión de monólogos sordos, que no escuchan a la otra parte.

Los conceptos cambian, hemos heredado la deformación del lenguaje de los peores políticos y la hemos adoptado, formando la peor imagen de nosotros mismos. De este modo, todo argumento razonado que se aleje de nuestros intereses servirá para pronunciar la palabra “demagogia” y desestimar la posibilidad de enfrentarnos al mismo. Así mismo llamaremos “prepotente” a toda aquella persona que se aferre a sus argumentos y no se pliegue al asentimiento general, y cuanto mas trate de razonar su postura, mas prepotente será.

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Propiedad privada.

Privado

Secreto secretito.

 

Alguien llama el timbre, abres la puerta sin tomar precauciones; encuentras a un desconocido que te sonríe y te estrecha la mano, antes de que puedas pronunciar ni una palabra, sin saber muy bien cómo, está en tu casa. Pasa al salón y se sienta, se queda viendo la película que tienes puesta. No sabes exactamente de que modo reaccionar, parece inofensivo y como estás tan solo, aceptas su presencia, te sientas a su lado, esperando que acabe la película y que el desconocido te diga quien es y que le ha llevado hasta tu casa; Tienes la sensación de que hay cosas en común entre ambos, pero mejor será esperar a ver que dice.

Vas al cuarto de baño y cuando vuelves al salón, él ya no está allí: Se ha ido silenciosamente, sin dejar rastro, dejándote mas confundido de lo que estabas. Suena de nuevo el timbre ¡Seguro que es él! ¿Se habrá olvidado algo? Abres la puerta y, como una avalancha, entra tu ex, vociferando palabras ininteligibles.

Se dirige a la nevera, señala una nota, pegada con un imán, es una nota cariñosa de tu pareja, tu ex comenta que solo una estúpida podría escribir algo así, se burla. Le pides que salga de tu casa, se sigue riendo de una manera nerviosa, finalmente accede, no sin antes señalarte como indeseable.

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La cizaña

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Si no puedes con ellos, siembra la discordia.

 

El mundo que conocemos se desmorona, nos educaron para asumir como inexpugnable la fortaleza del bienestar, todos los derechos adquiridos – a base de lucha, sudor, sangre y toneladas de sentido común- , y ahora peligra de tal modo, que nos enfrentamos ante un retroceso social para el que no estamos preparados.

Podría decirse que tenemos un enemigo muy difícil de combatir, pero lo mas preocupante es que el peor obstáculo para vencer, se encuentra entre nosotros mismos.

En momentos donde la unidad debería ser incuestionable, aún persisten los gilipollas en caer en las provocaciones bipartidistas, mientras los políticos que se alternan en el poder se parten de risa viendo la forma tan patética en que caemos en las provocaciones, enfrentándonos entre nosotros.

Ellos crean la cizaña necesaria, para ello disponen de toda la maquinaria, de medios de comunicación arraigados en una población que deja pasar las ganas, delante de la televisión con mas podredumbre que jamás hayamos conocido. Disponen las piezas de la pantomima y nosotros, espectadores de tercera clase, caemos en las estúpidas provocaciones de un guión previsible e insípido, que tragamos como sopa, mientras nos hacen el avioncito.

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Please Mr.Postman

Buzón

Deposite aquí sus esperanzas.

 

Hace un tiempo, no tan remoto, en el que, aunque cueste imaginarlo, no había un ordenador en cada hogar, los trabajos del instituto los hacíamos a mano o a máquina (como la colada) y los fanzines a base de recortes y fotocopias.

Internet era algo inexistente para el imaginario popular, ni siquiera la gente cargaba con sus teléfonos, es decir, que podías desaparecer en los confines del romanticismo, sin recibir estúpidas llamadas inoportunas.

Si entonces no fuimos mas felices, al menos si mas despreocupados de nuestra geolocalización.

En aquella época del pleistoceno, una de las mayores carencias era la del correo electrónico, magnífico invento -a mi juicio- el cual ha ido desplazando a la que entonces era una de las vías de comunicación mas allá de la distancia: El correo convencional, la carta manuscrita.

Llevo días, recordando con muchísimo cariño, esos maravillosos momentos en que recibías una carta en tu buzón,  escrita  a mano o mecanografiada; Algunas de ellas, afectivas, bañadas en perfume, como para atraparte en un mar de deseo desde el momento que abrieses el sobre, una técnica que solía funcionar (al menos en un adolescente con las neuronas revolucionadas). La huella delictiva quedaba plasmada en forma de gota de perfume sobre el papel, allí donde la tinta se había corrido.

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Derrotar a la derrota.

negro

Permaluto.

 

El título de esta entrada, es algo que debo recordar cada día: Derrotar a la derrota, aunque no siempre lo hago. Olvidar que cada día, puedes vencer al desánimo, a la depresión, es lo peor que puedes hacer, es entregarte al abandono, sin guardar esperanza alguna.

Vivimos en tiempos muy difíciles, es cierto, y posiblemente la situación se agrave en un periodo relativamente inmediato. La falta de expectativas de cualquier tipo, de saber que el mundo no es ese lugar de justicia y oportunidades que nos habían enseñado, se ciñe al cuello y aprieta, quitándote el aire.

En esta situación, no es extraño que quieras abandonar la lucha, renunciar a la existencia y apagarte de la manera menos dolorosa posible; A mi me pasa cada mañana, en cuanto el cerebro empieza a darse cuenta de que ha dejado el plano de los sueños, pero como soy un empecinado, me he propuesto cambiar de actitud, aunque sea un trabajo lento, y tan doloroso como una punzada de desamor propio; tratar de introducir pequeños cambios en el día a día, para que el cerebro tienda a la luz, y no a la oscuridad de la desazón.

Asumamos que somos únicos, imperfectos y mortales, y que cada acto que hacemos es irrepetible: Nunca será el mismo acto, ni se dará en el mismo lugar exacto del espacio o del tiempo.

Es posible que se nos haya educado tratando de preservarnos de la visión de la muerte, pero sabemos que está ahí, que nos puede llegar en cualquier momento su visita inesperada. ¿Para qué negar esa evidencia? En estos instantes, me ayuda pensar en la posibilidad de morir inesperadamente, mi reto es que cuando venga con su guadaña, me pille con una sonrisa en la cara, con la tranquilidad absoluta de que he resuelto el mayor número de conflictos que he podido, sobretodo de cara a enmendar el daño que haya podido causar a otras criaturas, humanas o no.

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Afortunado.

Fortuna

A veces no apreciamos cuanta fortuna tenemos.

 

En ocasiones, cuando nadie me ve, o al menos eso es lo que quiero creer, me asomo al balcón, siento un viento, suavemente fresco, que me acaricia, y extiendo los brazos para llenarme de esa sensación, de esa pequeña libertad sin cables, tan cercana y lejana a la vez.

Gritaría, aullaría, pero sé que la imagen, ya de por si inquietante, de un señor entrado en carnes, en paños menores, con los brazos alzados y abiertos, aullando a una luna inexistente para los incrédulos, daría mucho mas que hablar, y quizá diese con mis huesos en una institución mental.

Sin embargo me siento vivo, dichoso y feliz en mi locura, afortunado de poder extender mis alas invisibles, de sentirme vivo, único, irrepetible hasta en la estupidez. Afortunado de poder elegir, en un mundo, donde la libertad no es inherente a la capacidad de sentir, por desgracia.

Me siento afortunado de no recibir el maltrato y el sufrimiento que padecen millones de seres, castigados por no haber nacido humanos, privados de los derechos elementales de la vida.

Afortunado de no ser encerrado en una jaula, hacinado, viviseccionado, vejado, golpeado y, finalmente muerto dolorosa y lentamente.

Afortunado por no tener que oler la sangre de mis compañeros, ni ver como se pierden al final del pasillo, en una sombra que lleva a los gritos, los golpes secos, y el olor de la muerte nauseabunda.

Afortunado de que mis ojos no sean un banco de pruebas de productos químicos, para que alguien pueda afirmar que su producto no escuece en los ojos.

¡Tantos motivos por los que sentirse afortunado! Tantos, que la única opción posible es compartir esa fortuna, hacerla llegar a los menos afortunados, dejarles vivir sus vidas, para que cuando se crucen las miradas, no tengas motivo alguno para sentirte culpable, para que sientas que nadie pertenece a nadie, y entonces, podrás salir al balcón, extender las alas invisibles y, finalmente volar.

 

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